Tuatha Dé Danann: los dioses olvidados de Irlanda
Todos ubican a Irlanda en el mapa, la relacionan con las hadas, la magia, los lugares encantados, los duendes con sus ollas de oro al final del arcoíris, Halloween e incluso celebran el día de San Patricio. Pero la realidad es que pocos conocen el origen, y muchísimo menos los acontecimientos que tuvo que atravesar Irlanda para llegar a ser el maravilloso lugar que hoy conocemos.
La llegada de los dioses
Según los libros más antiguos de Irlanda, como el Lebor Gabála Érenn (el "Libro de las Invasiones"), hace más de 5.000 años, los Tuatha Dé Danann, los llamados hijos de la diosa Danu, luego de vivir en las ciudades místicas (Falias, Gorias, Finias y Murias) ubicadas en las islas del norte, donde aprendieron magia, ciencia y arte, decidieron regresar a la tierra de sus antepasados, Irlanda, que para ese entonces no se llamaba así.
Liderados por su rey Nuada, llegaron envueltos en una niebla mágica que oscureció el cielo durante tres días y tres noches. Algunos relatos dicen que llegaron por aire; otros, que quemaron sus propios barcos al desembarcar para no poder irse jamás. Fuera como fuese, no llegaron como conquistadores o invasores comunes: llegaron como dioses.
Al llegar, trajeron con ellos cuatro tesoros, entregados por el sabio o druida que gobernaba respectivamente la ciudad de donde provenían:
- El sabio Morfesa, gobernante de Falias, les entregó la piedra del destino (Lia Fáil), que rugía para confirmar la soberanía o legitimar al rey. Este es el único de los cuatro tesoros que cuenta con localización física y visitable: se encuentra en la Colina de Tara, en el condado de Meath, a unos 40 kilómetros al noroeste de Dublín.
- El sabio Esras, gobernante de Gorias, le entregó al dios Lugh —llamado también Lámhfhada, "el del brazo largo"— la lanza de Lugh (Lúin). Se decía que la lanza era tan ardiente y estaba tan sedienta de sangre que, si no estaba en batalla, debían mantenerla sumergida en agua durmiente para poder controlarla y evitar que por sí sola destruyera todo a su alrededor. Se decía que ninguna batalla se perdía contra quien la empuñara.
- El sabio Uiscias, gobernante de Finias, le entregó al rey Nuada la espada de la luz (Claíomh Solais). Una vez desenvainada, ningún enemigo podía resistirse a su ataque; nadie podía escapar de ella ni sobrevivir a su corte.
- El sabio Semias, gobernante de Murias, le entregó a Dagda (el buen dios) el caldero (Undry). Este caldero tenía la capacidad de ser fuente inagotable de alimento —nadie se alejaba de él sin quedar satisfecho, según el deseo de cada persona— y además se le atribuían poderes curativos, por lo que sirvió para alimentar y curar ejércitos y pueblos completos.
Una edad dorada, ganada con sangre
Tras llegar a la isla, los dioses se establecieron en el oeste, pero para lograr gobernar en paz, los Tuatha Dé Danann exigieron la mitad de la isla a los Fir Bolg, sus habitantes en ese momento, quienes se negaron. Esto desató un enfrentamiento: la Primera Batalla de Mag Tuired, que los Tuatha Dé Danann ganaron. Sin embargo, el rey Nuada perdió el brazo en el combate, viéndose obligado a ceder el trono, pues las leyes estipulaban que ningún rey podía tener defectos físicos. Así que fue reemplazado temporalmente por Bress, que era mitad fomoriano (los fomorianos eran los habitantes deformes de la isla, asociados con el caos y el mar), y este resultó ser un gobernante tirano, opresivo y tacaño que esclavizó a los dioses.
Mientras tanto, el sanador Dian Cécht le fabricó a Nuada un brazo de plata —de ahí su sobrenombre Nuada Airgetlám, que en español significa "Nuada del brazo de plata"— y más tarde su hijo Miach lo mejoró aún más, regenerándole un brazo de carne y hueso. Con el cuerpo completo, Nuada expulsó a Bress y recuperó el trono.
Bress huyó en busca de ayuda de otro jefe fomoriano, el temible gigante Balor del ojo maligno (una criatura deforme con un solo ojo), y juntos reunieron al ejército fomoriano para invadir Irlanda, lo que desataría la Segunda Batalla de Mag Tuired. Ya con Nuada restaurado como rey de los Tuatha Dé Danann, recibieron a Lugh, quien se presentó en la corte demostrando sus múltiples habilidades y asumió el mando supremo del ejército. Nuada murió en esta batalla a manos de Balor, y fue Lugh, junto con los cuatro tesoros, quien terminó liderando la victoria final, atravesándole con una honda el ojo maligno a Balor.
El reinado de Lugh: los Juegos de Tailteann
Tras el fin de esta guerra, inició el reinado de Lugh, que duró 40 años según los libros, y con él empieza lo que en Irlanda se conoce como la época dorada, libre de la tiranía. Durante este periodo, con Lugh al mando, sucedieron algunos eventos, como el asesinato del padre biológico de Lugh (Cían) y la muerte de su madre adoptiva, Tailtiu.
A Tailtiu la mató el cansancio después de limpiar los campos de Irlanda para que la gente pudiera sembrar comida. En su honor, Lugh decidió celebrar una fiesta todos los años en agosto, una especie de "Juegos Olímpicos Celtas" llamados los Juegos de Tailteann (Óenach Tailten). Es por eso que al mes de agosto se le dio el nombre en gaélico de Lughnasadh, que literalmente se traduce como "la fiesta de Lugh". Y aunque hoy en día aún se conmemora, tiene un matiz diferente: sigue siendo en honor a Lugh, pero marca la tradición irlandesa del inicio del otoño.
El reinado de Dagda: la cúspide de la abundancia
Luego, el reinado pasó por los siguientes 80 años a manos de Dagda, marcado como la cúspide de la era dorada: con su caldero, su arpa y su garrote, Irlanda vivió la abundancia total. También estuvo marcado por infidelidades, como el amorío de Dagda con la diosa Boann —que le da nombre al río Boyne, cerca de Newgrange, el montículo asignado como hogar de Dagda— quien era la esposa de Elcmar. Dagda deseaba a Boann e ideó un plan para alejar a su esposo por un día; materializó su amorío con ella y usó su magia para detener el sol y extender ese único día por nueve meses. De esta manera, Boann concibió con Dagda y dio a luz a Aengus, dios del amor, la juventud y la belleza, sin que Elcmar se enterara jamás del engaño.
Aunque fue un periodo de abundancia y calma relativa, Bress, el rey expulsado, seguía vivo y buscando venganza.
La venganza de los nietos de Dagda
Luego de dos periodos de reinado, de diez años cada uno, en manos de Delbáeth y Fiacha, ocurrió el asesinato de Lugh, que fue motivado porque este había matado a un dios hijo de Dagda llamado Cermait por tener un amorío con la esposa de Lugh. En venganza, los tres hijos de Cermait ahogaron a Lugh en un lago. Y así fue como ese acto de venganza le dio el derecho al trono a los nietos de Dagda —Mac Cuill, Mac Cécht y Mac Gréine—, quienes, casados con Banba, Fódla y Ériu, se turnaron durante 30 años para gobernar y dividieron la tierra en tres partes, una para cada uno.
La llegada de los Milesios
Pero ninguna edad dorada dura para siempre. Un día, unos barcos llegaron a la isla desde lo que geográficamente hoy es España: en ellos venían los Milesios, llamados así por ser los hijos del guerrero Míl Espáine, los ancestros de los actuales irlandeses. Desde una torre en el norte de la península, un tío de Míl divisó la isla y viajó hasta ella, pero tras elogiar la belleza de la isla fue asesinado por los reyes a traición. Entonces, dirigidos por su sobrino-nieto Amergin (hijo de Míl), un destacado sabio y druida, embarcaron rumbo a aquella isla en busca de venganza.
Para los dioses, aquello no fue ninguna sorpresa: las tres diosas Ériu, Banba y Fódla, esposas de los nietos de Dagda que eran en ese momento reyes de la isla, ya habían profetizado su llegada. Así que los druidas de los dioses usaron su magia para levantar una niebla y ocasionar una tormenta para proteger la isla, pero Amergin calmó la tormenta, avistó la isla y finalmente logró desembarcar con sus hombres.
Antes de la batalla final, cada una de las tres diosas se acercó a Amergin para pedirle que nombrara la isla como ellas. Amergin les prometió a las tres cumplir su palabra, aunque pudo haberse inclinado por la diosa Ériu, porque fue la única que, al acercarse, no opuso resistencia: les dio la bienvenida, profetizó su victoria y les legitimó su derecho a gobernar. Por lo que de ella viene Éire, el nombre gaélico de Irlanda, y los nombres de las otras diosas son más poéticos, aunque igualmente están ligados a Irlanda.
La batalla final y el reparto del mundo
Durante la guerra, los dioses, al ver a sus tres reyes muertos, se desmoralizaron y perdieron terreno. Entonces se reunieron con Amergin para hacer un pacto, y él, haciendo uso de su legendaria sabiduría, dividió la isla en dos partes iguales: arriba y abajo.
Los Tuatha Dé Danann aceptaron retirarse de la superficie de Irlanda y ceder el mundo visible a los Milesios. Ellos eran seres espirituales que sabían que el mundo de la superficie se deterioraba y se desgastaba, mientras que en el subterráneo podían seguir siendo eternos y mágicos.
Fue entonces cuando Manannán mac Lir (que significa "hijo del mar") organizó el reparto, asignándole una colina o montículo a cada dios, y después conjuró el Féth Fíada (el manto de niebla que vuelve invisible), una especie de velo de invisibilidad entre los nuevos reinos asignados y los ojos de los humanos.
Y así fue como los Tuatha Dé Danann pasaron de ser dioses a ser llamados los Aos Sí, que significa pueblo de las colinas, montículos o túmulos.